
A veces me da por pensar en cómo mueren los árboles -cuando no mueren talados, quiero decir-. Es casi como preguntarse cómo muere un dios, y no me refiero a la idea de inmortalidad de los dioses, sino cuando los dioses mueren olvidados. Cuando desaparecen Zeus o Mitra o Tot. En mi cabeza aparece un árbol consumiéndose desde dentro, vaciándose hasta que queda completamente hueco. Y puedo verlo ennegreciéndo poco a poco, de pie. Rehuyendo el verde hasta la locura -o toda la locura que puede albergar un árbol- mientras ve desde su quietud el movimiento del mundo. Y se muere y cae en mitad de un bosque. Y entonces algún idiota pregunta si ese árbol hace o no hace ruido. Y pienso en esa misma sensación que de repente te asalta de oquedad, de morir por dentro y de pie, de desmoronamiento y de nadie estar ahí para escuchar el ruido que haces al caer. Y si no hay nadie para escucharlo, ¿cómo vas a hacer ruido? Alguna vez pienso que si por un casual del universo existiese la reencarnación, quisiera reencarnarme en árbol. En una de esas enormes secuoyas, en un baobab, en uno de esos árboles milenarios, con un tronco grueso y nudoso, a ser posible de hoja perenne, porque quiero verme morir durante el otoño y resucitar en primavera. Para que los niños y los adultos que se creen un poco niños trepen hasta la rama más alta. Pero como me asustan las carcomas, las sierras mecánicas, vaciarme poco a poco, desde muy dentro, las raices, ser incapaz de moverme excepto con el viento y la inmortalidad pero no creerme eterna o infinita, ya no sé si quiero ser un árbol.